E.A.C



A poco más de 10 meses de la visita de los huracanes Irma y María son muchas las historias que se han difundido a través de los diversos medios de comunicación. Todas muy convincentes e interesantes. Fueron varios los extranjeros que, ajenos a nuestra idiosincrasia cultural, expresaron su sorpresa ante la capacidad que tenemos los boricuas para poner en función nuestra resiliencia. Sí, los boricuas somos resilientes, aunque la gran mayoría lo desconoce.
Ahora, ¿qué es resiliencia? La resiliencia es la capacidad que tienen los seres vivos para recuperarse de situaciones adversas. Esta capacidad se observa tanto en la flora como en la fauna. La misma, la “traemos de fábrica”. ¿Cómo lo podemos identificar? Muy sencillo. Observen a los niños desde sus primeros meses hasta los tres años de vida. Los bebés van aprendiendo a balbucear, hablar, desplazarse, caminar, subir, bajar, absorber por un sorbeto, masticar; todo sin ningún temor. Los vemos como se caen de sus propios pies y, aun así, continúan en su labor hasta dominar sus metas eventualmente. Esa capacidad es justa la que los boricuas llevamos muy dentro, en nuestra siquis y surge en momentos de gran necesidad, como lo demostramos durante y después de Irma y María.
Como dije anteriormente, no todos lo reconocen. Sin embargo, se redactaron múltiples artículos y anecdotarios de extranjeros que vivieron con nosotros el desastre y las consecuencias de este. En éstos dan fe de la capacidad de resiliencia en la población boricua. Incluso, entre aquellos que lo han perdido todo. Muchos de ellos son a quienes le atribuyen actos de heroísmo para con sus vecinos, niños, adultos, hombres o mujeres, ancianos e incluso animales. Fueron muchos los que se desplazaron por sus alrededores para identificar personas con necesidad de auxilio e intervenir en su ayuda; para remover escombros con el fin de ayudar a abrir caminos. Aun cuando ellos, particularmente, quedaron sin nada.
Así leemos a narradores protagonistas de diversas situaciones que permitieron a nuestra identidad boricua manifestar lo que mejor que hacemos: ayudar a otros. Muy a pesar nuestra propia seguridad. Entre ellos, tenemos una mujer millonaria que no tenía nada que hacer aquí. Sin embargo, nos trajo más de tres aviones repletos de víveres y suministros médicos, ¿por qué? Ella misma describe el sentimiento que le embargó la primera vez que vino, al ver personas que esperaban por largas horas en las filas donde se repartían comida y demás artículos de necesidad, para luego llevar lo recogido a otras personas que no se podían mover ni salir de sus hogares por que la inundación los había aislado o por otras diversas condiciones. Ella narra como observó las peripecias de hombres para hacerle llegar la comida a sus otros vecinos y volver a buscar más para otros. Ese gesto no sólo la conmovió si no que sirvió como inspiración para continuar con su labor altruista en nuestro país.
Otro narrador nos introduce a este mundo que pasa inadvertido para otros ojos distraídos, o quizás los más acostumbrados. Un escritor sobre desastres, muy conocido, quiso venir a apoyar a los damnificados por María con lo que pudiera. Intentó en varias ocasiones por cuenta propia. Pronto se percató de que solo no lo podría hacer. Así que se unió a otros grupos. Este nos narra que en cierta ocasión fue a visitar a un individuo que andaban buscando. Alguien oyó y se le acercó al escritor para llevarlo a ver a la persona “perdida”. Este decidió llevarle víveres. Al llegar a su hogar, casi destruida, conoció al que creían muerto. Era un señor muy anciano, que ya estaba ciego por la vejez. Poco o nada reconocía, pero podía desplazarse, sin problema, por el espacio que quedaba de lo que aún llamaba su casa. Al entrar a la vivienda, vio como esta estaba atiborrada de escombros acomodados a los lados de lo que sobrevivo del pequeño balcón. El escritor quedó entre atónito y avergonzado; conmovido, de ver como ese individuo, que nada tenía le ofreció lo único que le quedaba en la casa, un jugo, sin percatarse de lo que el escritor traía para él.
Otro de los visitantes, narra cómo se quedó varado en el aeropuerto de Isla Verde y no había forma de regresar a ningún hotel, por lo que le tocó permanecer en un refugio en Carolina. Al leerlo no pude evitar que la imaginación me volara. Así que aquí les dejo mi narración sobre la impresión de nuestros visitantes.
Después de haber disfrutado de un hotel 5 estrellas, Will (nombre ficticio) llega con su pareja y 5 amigos a una escuela que había sido seleccionada como refugio. Allí se encontraron con una diversidad de personas desparramadas entre catres tipo militar. Poco después de su llegada se les acerca un hombre diciendo, con nuestros sabroso espanglish, que estaba aburrido “I’m boooring” “Want to see movies?” -fue lo que le dijo a Will, quien, entre sorprendido y dudoso, asintió. Acto seguido sacó una sábana y un proyector que se alimentaba con algo parecido a una batería de auto. Will expresa que jamás pensó que iba a disfrutar tanto el Mago de Oz en un refugio tan lejos de su hogar. Tanto ellos como los demás refugiados, pudieron ver varias películas más. Parecían haber sido sacadas de la colección de alguna sobrina, hija o nieta.
Al día siguiente no se hizo esperar el llamado para hacer fila para bañarse. ¡Hora del baño, antes del desayuno! Siendo una escuela no había ducha ni mucho menos bañera. Así que tuvieron que hacerlo en sus trajes de baño con manguera dentro de los baños de la escuela. Poco después, el mismo sujeto le comenzó a interrogar si habían comido esto, lo otro o aquello. Para su sorpresa, y agonía, resultó que ellos no habían comido "algo llamado morcilla”. De pronto la conversación se convirtió en una inquisición sobre haber venido a Puerto Rico y no haber comido morcillas, uno de los platos típicos del país. ¡Imperdonable! ¡Absolutamente imperdonable! Cada par de ojos que se encontraba en el refugio parecía acusarles de una falta grave como turista. Al cabo de un rato, trajeron morcillas, cuajitos, guineítos y otras delicias colectadas que habían encontrado en varias residencias. Sin lugar a duda, todos los presentes disfrutaron terminado por perdonarles la ofensa.
En varias ocasiones los buscaron para llevarlos al aeropuerto para que tomaran el próximo vuelo. Durante varios días, fue infructuoso. Retornaban con la esperanza de que el viaje de regreso a sus hogares les iba a tocar, algún próximo día. Al llegar eran aplaudidos y bienvenidos a lo boricua, con la alegría de verlos nuevamente. Esto pasó cada vez que regresaban del aeropuerto. Nuevamente nuestro personaje favorito retomó, con su calor humano, su función de amigo y guía turístico. Los llevó a lo que llamó: “un pequeño trip”. Primero hizo la salvedad de que el grupo no cabía porque eran muchos (7) para pasear en un auto. “¡No, no, no, we need a bus!”. Así que apareció, de la nada, una guagüita pisa y corre cuyo tanque fue llenado con unos pequeños, graciosos e improvisados galones de gasolina que traían diferentes personas sólo por el deseo de que nuestros visitantes no partieran del país sin antes haber visto su hermosura, ni disfrutado sus dones culinarios. Partieron con la idea de que aquel tour sería interesante. Sin embargo, fue una ola de sentimientos inesperados. Nuestro amigo les mostró lo que había sido o quedaba de una iglesia, una escuela, una plaza pública y su casa. “That’s my house.”
Todo estaba destruido muy lejos de poderse reparar. You mean, your home? Pretendió aclarar Will. Yes! Contestó el amigo. "But, there's nothing."- increpó Will. “I know, I lost it”. Hubo un silencio. Casi se podía ver el nudo en la garanta y sentir el corazón macerado de los visitantes, al descubrir cómo un hombre que lo había perdido todo aún estuviera interesado en que ellos disfrutaran de su viaje. Llegaron de regreso del “trip” y los visitantes aún sentían sus corazones que inmersos en la pena de las pérdidas de aquellas personas que estaban sin nada. Consternados, permanecieron en silencio.
Habían pasado pocas horas cuando alguien comenzó a tararear una melodía, luego otro se le añadió con unos pedazos cortos de madera a modo de palitos; de inmediato otro tocando una lata vacía como cualquier percusionista de renombre. Alguien improvisó un güiro con lata y tenedor en mano. De momento todos se vieron envueltos de un festival de talentos musicales. Una señora, ya mayor, invitó a Will a bailar ese ritmo contagioso. “Come… come to dance”. Y se formó la algarabía que tanto nos distingue como pueblo alegre a pesar de las adversidades. Con Will, esposa y sus amigos bailando y tratando de corear "tintorera del mar.…" sin comprender lo que decían.
Al cabo de 4 o 5 días, ya la visita veía su final. Por fin pudieron abordar el avión que los llevaría a sus hogares. Sin embargo, más que alegres al poderse ir, les embargó una lluvia de sentimientos. Iban camino a sus hogares con neveras, comida, abanicos o aires acondicionados, volverían a sus trabajos a devengar dinero que invertirían en lo que quisieran. Mientras que sus nuevos amigos no tenían donde ir, nada seguro, lo habían perdido todo: casa, comida, trabajo, víveres, medicamentos, ropa con que cobijarse. Al repensar y analizar Will se percata de que, con todo lo que les esperaba, nada tenían al comparados con aquellas personas que no escatimaron en hacer de su estadía una placentera. Muy a pesar de su desgracia, se esmeraron en que él, su esposa y los demás visitantes se divirtieran. Pensó Will, “nos enseñaron a reír, a cantar y a hacer de las migajas un bocado de pan que se entibia con el amor”.
Esto mis queridos lectores, es resiliencia.
Decidieron que en adelante tomarán otras vacaciones en Puerto Rico para regresar a ver a sus nuevos amigos.

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