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El problema del destino del hombre, de la manera como él debe vivir, del bien y del mal en sus acciones, su sufrimiento, su persecución tan difícil de la felicidad, su estupor ante la muerte que parece arrancarle todo cuanto él posee, todas estas interrogantes han sido justamente ligadas, durante tanto tiempo como puedan remontarse nuestros conocimientos, a la idea que el hombre era capaz de una evolución interior, de un desarrollo espiritual. A todo lo largo de la historia de la humanidad se encuentran las grandes líneas inmutables de una Metafísica tradicional cuyos principios constituyen las bases intemporales de una ciencia de este desarrollo del hombre.
Las adquisiciones con que el psicoanálisis ha enriquecido la psicología no se colocan al margen de la Metafísica Tradicional, porque ésta, desde el punto de vista en el cual está situada, lo abarca todo. Y es interesante ver cómo los hechos observados se integran en la concepción metafísica general, porque el análisis posee la eficacia que la experiencia ha demostrado. Esta confrontación de los hechos con las ideas de todos los tiempos es necesaria para dirigir de manera justa el manejo de este método psicológico poderoso cuyos efectos pueden ser, según cómo se lo aplique, tan nefastos como saludables.

La Metafísica Tradicional enseña que el principio de la Trinidad preside la creación continua del Universo. En todas las sabidurías antiguas se encuentra esta concepción primordial, Los egipcios reverenciaban tres dioses: Shu, el Aire; Tefinet, el Vacío, y Atum, que domina los dos primeros y los concilia. En el país de Sumer, es Anu, rey del Cielo, Enlil, rey de la Tierra, y Ea, dios supremo. En Persia, Ormuzd es el dios del Bien, Ahriman el dios del Mal, y Mithra es el tercer gran dios. Entre los indúes, Brahma, el Creador, es asistido por Vishnú, el Conservador de los seres, y por Shiva, el Destructor. Pero es en el símbolo chino del Tai-Chi o «Hecho Supremo», que se expresa más perfectamente la idea trinitaria. Allí, los dos dioses del dualismo son representados por las dos partes, una negra y una blanca, de un círculo al que divide una línea sinuosa; y el gran dios que los equilibra está representado por un círculo exterior que los encierra.

La parte negra es el Yin, femenino, húmedo. frío, negativo; la parte blanca es el Yang, masculino, seco, cálido, positivo; el círculo que los rodea es el Tao, principio conciliador que reglamenta las relaciones alternantes de los dos principios opuestos, del Yin y del Yang.

Todo el universo es así creado por la síntesis trinitaria: dos principios opuestos, uno positivo, el otro negativo, situados sobre el mismo plano, y teniendo el mismo valor, son armonizados, conciliados, arbitrados, por un principio supremo sin el cual ellos se anularían.

Y el hombre es un microcosmos construido a la imagen del macrocosmos. La creación de su Ser real es el producto de dos principios opuestos, positivo y negativo, situados en el plano natural temporal, en el plano donde juegan las «pasiones» del hombre, arbitradas por un principio superior intemporal, espiritual. Y este principio espiritual es representado en el hombre por su Razón divina que nosotros llamaremos también Inteligencia Independiente. Nosotros precisaremos más adelante cómo concebimos esta Inteligencia Independiente. Digamos solamente ahora que ella es esta posibilidad que tiene el hombre de pensar, sin sufrir la influencia de sus pasiones, de una manera imparcial.

La realización del hombre se efectúa por la toma de posesión de su mundo interior. Y ella se cumple cuando el hombre, colocado sobre el plano de su Inteligencia Independiente, ve a la vez en él los dos principios, afirmativo y negativo, que, iguales en valor y opuestos el uno al otro, residen sobre el plano de los fenómenos. Entonces él realiza la síntesis equilibrada de su «Ser» total.

Este punto de vista, el único que da la visión justa, no incluye ninguna emoción ordinaria ante la visión de tal o cual elemento en el plano inferior. En efecto, según la Metafísica Tradicional, los dos principios, afirmativo y negativo, constructor y destructor, se balancean exactamente al interior del todo de un ser dado. Para el ojo que los abarca juntos, su total es rigurosamente nulo en su plano y ellos sólo valen en tanto que elementos de la síntesis ternaria. Se puede entonces decir que toda observación de sí que implique una aprobación o una crítica, una alegría o un sufrimiento, un Bien o un Mal, no está efectuada desde el punto de vista conveniente. En efecto, toda aprobación o crítica prueba que el equilibrio no es exacto entre los dos principios inferiores; uno es visto como predominante sobre el otro y esto sólo puede ocurrir cuando el hombre que los ve está situado en ese mismo plano. En tal caso es imposible una visión rigurosamente total porque esa visión sólo puede tener por objeto las manifestaciones de los principios inferiores y no estos principios mismos en su unidad respectiva. La visión total de sí, visión unificante, da por abolida toda distinción entre el Bien y el Mal, y toda persistencia de esta distinción prueba que esta visión no ha sido obtenida. Dicho de otra manera, toda observación de sí que incluya una emoción ordinaria de contento o de sufrimiento no está efectuada desde el punto de vista que es el único justo.

Se ve la necesidad en que se encuentra el hombre que quiere realizar su Ser de abandonar voluntariamente la distinción del Bien y del Mal en la que ha vivido hasta ahora y todas las emociones que a ella están ligadas. En el pecado original, Adán come el fruto del árbol del Bien y del Mal, es decir que él pierde el principio conciliador de la síntesis ternaria y cae en el dualismo donde el Ser no podría realizarse.

Se preguntará por qué, a la visión del Bien y del Mal, están ligadas emociones de alegría y de sufrimiento. ¿Por qué el Bien aparece superior al Mal siendo que ambos son igualmente necesarios a la síntesis trinitaria? ¿Por qué los dos principios aparecen desiguales cuando falta el principio conciliador? Esto proviene del hecho de que existen ciertas relaciones entre el principio superior y los principios inferiores, entre los mundos intemporal y temporal, relaciones que se expresan en el Simbolismo. El plano espiritual
es afirmación, construcción, y el simbolismo no puede relacionar este plano a la vez a los dos principios inferiores opuestos, sino solamente al principio inferior constructor, al Bien. Si el hombre prefiere necesariamente el Bien al Mal, es porque, en la profundidad de su conciencia, él sólo tiende hacia un único valor que es la realización de su Ser espiritual.

El hombre debe abandonar la distinción del Bien y del Mal para realizar la síntesis trinitaria de su Ser. Actuando así, él obtiene su liberación, porque la esclavitud del hombre encerrado en el dualismo, no es, como muchos lo creen, la esclavitud del Mal, sino la esclavitud de la distinción del Bien y del Mal.

Abandonando esta distinción, el hombre debe dejar necesariamente todas las emociones ordinarias de las cuales ella es la única causa. Hemos dicho que este abandono debía ser voluntario. En efecto, va a producirse una lucha porque frente a la fuerza temporal que constituye la emoción ordinaria, otra fuerza deberá aparecer, fuerza intemporal que, en la medida en que aparecerá, será necesariamente victoriosa a causa de su naturaleza superior misma. Pero la emoción ordinaria desde que nace en el hombre toma por asalto su atención y la capta siempre en una cierta medida. El fin de la lucha interior consiste justamente en arrancar a la emoción temporal todo lo que ella ha captado de atención, y es solamente cuando la totalidad de esta atención ha sido arrancada que se obtiene la visión estabilizante de la síntesis trinitaria.

La visión justa es entonces una visión sin emoción ordinaria y ella se obtiene por la extinción de esta emoción al arrancarle, por el juego de la Inteligencia Independiente voluntaria, la atención que había capturado. ¿Cómo comprender la realización de este anonadamiento? Para obtener la visión trinitaria, que es una síntesis, la Inteligencia Independiente anula la visión parcial, relativa, que la emoción quiere retener en el plano inferior, por un análisis, es decir, por una descomposición en elementos distintos. En efecto, la visión parcial del plano inferior, en tanto que parcial, es necesariamente heterogénea. Los elementos que la constituyen no tienen la conexión orgánica que sólo puede ser la consecuencia de un todo. Visto desde el principio superior para quien sólo un todo tiene una realidad, este conjunto heterogéneo aparece como una pura nada. Y, visto así, este conjunto que, mientras parecía real, podía retener la atención, ahora ya no es capaz de ello y, soltando presa, se reabsorbe integrándose en la totalidad del principio, integrado él también en la síntesis trinitaria.

Todo ocurre como si la fuerza de vida que, por la captura de la atención estaba ligada a la atención ordinaria, al soltarse pasa a nutrir la realización naciente del Ser del sujeto. Hay muerte sobre el plano inferior y nacimiento en el plano superior, muerte temporal, nacimiento espiritual.

Se comprende que este proceso no se pueda hacer más que en el momento mismo en que la emoción está viva en el hombre, cuando él es afectado como sujeto. Por lo tanto, el análisis sobre emociones antiguas, hecho en un momento en que sólo el intelecto está en juego, no tendría ninguna eficacia inmediata porque
la fuerza de la emoción ya no está presente y no puede entonces ser transferida de un plano a otro. Este no podría tener más que una eficacia secundaria, preparando el retorno de otro análisis hecho en un momento en que la emoción esté presente. La Inteligencia Independiente realmente es esta visión imparcial en la que el hombre se ve como si él fuera otro. Pero ella no tiene eficacia si el hombre es en verdad, a causa del tiempo transcurrido, otro, es decir, ya no es un sujeto sino un objeto para su visión. Esta sólo es eficaz si
el hombre es a la vez otro y el mismo, a la vez sujeto y objeto.

El anonadamiento de las emociones, del cual hemos dicho que es necesario a la síntesis del Ser, no debe evidentemente ser comprendido como un anonadamiento definitivo, y el hombre que realizare la plenitud de su Ser no sería un hombre en el que ya no se produjeran más emociones ordinarias. El anonadamiento de la emoción es un proceso instantáneo, es decir, ocurre en este «instante que es la intersección del tiempo y de la eternidad». Esto no modifica en nada el juego del principio que, funcionando en el plano temporal, ha producido la emoción y continuará produciendo otras nuevas. El anonadamiento no afecta más que al producto de esta fuente profunda. Este producto ha desaparecido, vacío de su contenido de fuerza de vida que ha sido arrebatado en beneficio del Ser real. Pero la fuente continúa y es indispensable que así sea para que continúe la realización del Ser que se nutre de sus efectos. Es así que se puede representar al hombre que hiciera actuar continuamente su Inteligencia Independiente como un hombre sin emociones, porque ellas serían vaciadas de su contenido y en consecuencia muertas a su aparición; pero no como un hombre sin deseos porque la muerte de los deseos es incompatible con la vida corporal.

Hemos dicho que el abandono de la posición dualista, de la distinción del Bien y del Mal, involucraba el abandono de las emociones antes de tener consciencia de su función dualista. Así vemos nosotros ahora, en la marcha inversa que es la práctica de la vida interior, que el hombre que quiere abandonar sus emociones para nutrir su Ser debe tomar consciencia de su posición dualista y de la necesidad en la que él se encuentra de abandonarla. Y es preciso comprender aquí que lo que hemos llamado la distinción del Bien y de Mal debe ser entendido en la aceptación la más vasta y que ella se encuentra detrás de la totalidad de los fenómenos psicológicos, porque no hay ninguno de ellos que no produzca una resonancia emotiva. Nosotros hemos hablado de emociones de contento de sí y de sufrimiento de sí experimentados cuando el hombre se observa a sí mismo. Es evidente que todas las emociones de contento y de sufrimiento en general son asimilables a las primeras porque toda percepción tiene por objeto una parte del sujeto afectada por el mundo exterior o por un juicio que él mismo formula. Lo que llamamos distinción del Bien y del Mal engloba, entonces, de una manera general, toda distinción de placer y de desplacer.

Hemos visto que los dos principios inferiores, constructor y destructor, aunque iguales ante la mirada de la síntesis trinitaria, no parecen iguales ante la mirada del hombre situado en su plano, y que el simbolismo explica esta desigualdad. A causa de este simbolismo, se puede decir que de una cierta manera las emociones de contento son menos falsas que las de sufrimiento. Y esto por dos motivos: en primer lugar, el sufrimiento atrapa al hombre más que el contento; capta más su atención. separándola del polo intemporal donde ella debería estar. Así el hombre es más perjudicado por su sufrimiento que por su placer. Por otra parte, las dos clases de emoción deben ser consideradas de manera muy diferente desde el punto de vista de su utilización posible para la realización del Ser.

En efecto, a causa de la relación simbólica que existe entre ellas y el plano inferior, y en consecuencia también entre la emoción de placer ordinario y la alegría inmóvil del plano superior, el hombre que siente el placer es comparable a un hombre dormido que soñara que está despierto y en quien la voluntad de despertar no tiene ninguna razón para actuar. El hombre que siente placer no puede encontrar en esta situación ninguna razón para comprender la necesidad de dejar, por el juego analítico de la Inteligencia Independiente, el plano en el que se encuentra. Por su correspondencia simbólica, el placer contiene algo de relativamente justo que impide a la Inteligencia Independiente arrebatar la fuerza que le está ligada. Todo lo que puede hacer la Inteligencia Independiente ante el placer, es hacer salir de la sombra el sufrimiento que existe siempre como polo complementario de todo placer y utilizar entonces la fuerza de este sufrimiento. Este fenómeno de desplazamiento de la consciencia del placer al sufrimiento se observa
a veces espontáneamente. Una emoción de placer muy elevada y muy intensa, experimentada por ejemplo en el arte o en el amor, «vira» al sufrimiento cuando alcanza un cierto grado. Así entonces, ya que el placer aprisiona al hombre menos vigorosamente que el sufrimiento, el hombre no podrá elevarse directamente desde él al plano del Ser, sino que deberá pasar por el polo de sufrimiento contenido en la misma emoción.
Y se ve que esta última es la única «real» porque es la única emoción utilizable desde el punto de vista del Ser. Esto explica las palabras del Buda: «Todo es sufrimiento». El hombre que pasara constantemente su vida realizando su Ser, no conocería más que dos emociones: sobre el plano inferior de su ser, la fuente profunda de su vida no elaboraría más que sufrimiento, y la realización de su Ser, efectuada sin cesar a partir de ese sufrimiento, mantendría en él la alegría inmóvil del plano superior.

Hemos visto que la síntesis trinitaria del Ser se realizaba cuando la Inteligencia Independiente anulaba la emoción y le robaba su fuerza. Y hemos dicho que el anonadamiento de la emoción no era el anonadamiento del deseo, del impulso existente detrás de esta emoción. Es que en efecto la emoción debe ser considerada como la vía desviada por donde se descarga la fuerza del impulso cuando la Inteligencia Independiente no funciona. El impulso mismo no es contrario a la realización del Ser, incluso es indispensable. Es solamente la desviación de su fuerza en emoción la que es falsa y que debe ser anulada para que la fuerza reencuentre su vía normal.

Esto hará comprender que, si bien el método general de la realización interior es el mismo para todos los hombres, los gestos interiores correctos por los cuales esta realización deberá efectuarse son diferentes para cada uno de ellos. Si fuera el impulso el que debiera ser anonadado por la Inteligencia Independiente, este gesto de muerte sería el mismo para todos. Pero el gesto de vida que no anula más que la emoción y libera la fuerza del impulso, debe ser adaptado exactamente a la estructura particular del sujeto.

Es decir que el análisis, que es la modalidad según la cual actúa la Inteligencia Independiente, es un trabajo esencialmente individual y de ninguna manera un remedio uniforme distribuido indiferentemente a todos. La intensidad y la cualidad de los impulsos varía en todos los hombres. Y el análisis debe dar al sujeto la visión de su estructura original.

Este no será eficaz sino en la medida en que sea exacto. Será necesario descomponer los mecanismos de los impulsos que existen detrás de las emociones, A veces ciertas emociones, al comienzo invisibles, deberán ser hechas conscientes, deberán ser «rechazadas», antes de que sus mecanismos productores puedan ser descompuestos. Y estas emociones rechazadas deberán ser buscadas detrás del comportamiento del sujeto, el que será examinado con minuciosidad. Es para realizar todo este trabajo que ha sido creada la técnica analítica.

El trabajo interior se servirá entonces de la observación del comportamiento. Pero nosotros vamos a ver que él va también a modificar este comportamiento y utilizar esta modificación para la realización de su meta. Nosotros vamos a ver que el esfuerzo hecho por el hombre para obtener la visión justa de sí mismo
no se va a realizar durante un largo tiempo para terminar en una modificación brusca y única de su vida. Al contrario, la visión producirá modificaciones sucesivas de esta vida y cada una de esas modificaciones producirá a su vez un profundizamiento de la visión.

El comportamiento del hombre es lo que él hace, es su manifestación, es el conjunto de las actitudes exteriores por las cuales él manifiesta sus actitudes interiores. Pero nosotros sabemos que no se hace nada en el mundo que no sea según la ley de la trinidad. ¿Cómo comprender que el hombre haga algo sin que funcione en él su principio conciliador superior, la Inteligencia Independiente? ¿Hay allí una derogación de la ley de tres? No. Pero, para explicarse este hecho, es preciso saber que el hombre es una criatura compleja en la que se observa el juego de dos principios conciliadores, o equilibradores, diferentes. La Inteligencia Independiente es el principio conciliador de naturaleza divina cuya actuación realiza la síntesis trinitaria del Ser y, como lo hemos visto, el juego de ese principio, si bien es posible en el hombre, no es necesario ni constante. El es necesario a la construcción del Ser intemporal del hombre, pero no a la construcción de su ser temporal. A esta construcción temporal la preside otro principio conciliador, emanado de Dios como todos los principios, pero no de naturaleza plenamente divina. Es un principio conciliador natural, el mismo principio que actúa igualmente en el animal privado de Razón divina. Y este principio, a la inversa del primero, actúa en el hombre de una manera necesaria y constante.

Podemos estudiar el juego del principio conciliador natural cuando él actúa solo, sin que actúe el principio superior. El principio natural es capaz de hacer la síntesis temporal del hombre, pero no la síntesis de su Ser total. El obvía esta insuficiencia creando en el hombre lo que en el lenguaje analítico se llama «compensaciones». Estos son sistemas de actitudes interiores y exteriores, normas de comportamiento, que ahorran más o menos perfectamente al hombre el sufrimiento producido por la necesidad insatisfecha de realizar su Ser total. Son máscaras colocadas delante de vacíos, imitaciones del Ser real, así como hemos visto al placer simular la alegría inmóvil del plano superior, o como el sueño simula la vigilia y protege así el dormir.

Las compensaciones, a fuerza de actuar, construyen hábitos, automatismos psíquicos. La compensación,
al comienzo simple movimiento interior, adquiere así un elemento estático y llega a ser una especie de situación-obstáculo colocada delante de la visión justa e impidiéndole producirse. Ella mantiene la visión parcial, por lo tanto errónea, del plano inferior. Un círculo vicioso se establece así, porque mientras más la visión se afirma, más disminuyen las oportunidades de la visión justa, más la visión se parcializa y se falsea aumentando la importancia de la compensación.

Se comprende inversamente que el juego voluntario y metódico de la Inteligencia Independiente, obteniendo la visión desde lo alto que es la única justa en la medida en que es obtenida, hace aparecer la absurdidad de la compensación desde el punto de vista del Ser y la destruye en esa misma medida. La actitud interior falsa que ha sido así «aclarada» desaparece, y el comportamiento exterior que le correspondía es abandonado y reemplazado por un comportamiento justo. Este comportamiento «rectificado» no es una pantalla opaca como lo era el comportamiento compensador, y su transparencia descubre otros mecanismos compensatorios situados detrás de él que podrán a su turno sufrir la acción de la visión justa, y así sucesivamente. Pues los mecanismos psicológicos se encajan desde la superficie del ser hacia su profundidad y deben ser rectificados progresivamente en este orden.

Se ve que la realización interior aunque no consiste, propiamente hablando, en nada exterior visible en el plano temporal, no podría efectuarse sin acarrear consecuencias visibles. Los comportamientos compensadores son, ya lo hemos dicho, «situaciones-obstáculos», y ciertas relaciones que el sujeto ha establecido entre él y las gentes y las cosas que lo rodean deben ser rotas para que el trabajo interior pueda progresar.

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